La patria no es un país, y se aprende de grande

No es una bandera ni un territorio dibujado en los mapas. Es el lugar donde están quienes nos quieren y a quienes queremos. Entonces, ¿hay una sola patria?

Algunos dicen que la patria es una calle, una esquina, un patio donde los zapatos se llenaban de polvo y la risa rebotaba en las paredes. Otros aseguran que es una ciudad con su aliento de humo y bocinas, con sus nostalgias colgadas en los balcones. Para muchos, la patria es la casa donde fuimos niños, con el eco de voces que ya no están, con la foto descolorida de un tiempo que se escurre entre los dedos.

Pero hay quienes buscan su patria en otro sitio.

No la encuentran en los atlas ni en las postales. La buscan en el abrazo de una madre que ya no está, en la carcajada compartida con un amigo que el tiempo se llevó, en la tibieza de una mano entrelazada en medio de la tormenta. Para ellos, la patria no es un punto fijo: es el latido de un corazón que nos recuerda que aún estamos vivos.

Los lugares cambian, como cambian los rostros y las estaciones.

La plaza de la infancia se llena de sombras, la casa de la abuela se convierte en escombros, los amigos se desdibujan en la bruma del tiempo. Pero hay un sitio que resiste, un refugio que no conoce de relojes ni de distancias. Es ese rincón secreto donde la memoria se aferra con uñas y dientes, donde la historia se niega a ser olvido.

Para algunos, la verdadera patria no tiene nombre ni coordenadas.

Es la voz que nos llama al otro lado del teléfono cuando la tristeza aprieta. Es el mate compartido, la risa cómplice, la mirada que nos entiende sin decir palabra. Es el calor de los cuerpos que se encuentran después de una larga ausencia.

Porque, al final, la patria es eso: el refugio de los afectos.

No está en la tierra que pisamos, sino en quienes nos habitan. Y mientras haya alguien que nos guarde en su recuerdo, mientras haya un abrazo que nos espere, seguiremos teniendo un lugar en el mundo.