“El que siempre estuvo”

El Vasco Gutiérrez nunca faltó.

Cuatro décadas y dos años, llueva o truene, el Vasco en la tribuna, en el escalón de siempre. No faltó cuando el cuadro cayó a la C y los partidos eran los martes a la tarde contra equipos sin historia. No faltó cuando la policía, a garrotazo limpio, cerró la tribuna por siete fechas. Ni siquiera faltó cuando su mujer le dio el portazo, harta de compartir su vida con un empate de visitante en Tacuarembó.

Siempre estaba.

Con la radio en la oreja, mascando un chicle viejo como el tiempo, el termo bajo el brazo, que no compartía con nadie. Un misterio. ¿De qué vivía? ¿Quién le pagaba la entrada? Algunos decían que tenía un kiosco en el barrio Sur, otros que arreglaba heladeras. Pero a nadie le importaba. Porque cuando los jugadores saltaban a la cancha, él ya estaba en su sitio, bufanda desteñida al cuello, mate frío en la mano, como un faro en la niebla del fútbol pobre.

Una tarde de garúa y barro, de defensas con los tapones de punta, nos tocó perder contra un cuadro ignoto de Paysandú. Un gol en contra, un penal errado en la hora. Ni los vendedores de chorizos se salvaron de la bronca. Y ahí estaba él, el Vasco, llorando. No de enojo. No de furia. Llorando en silencio, como si algo dentro se le hubiera roto para siempre.

Nos acercamos. ¿Qué pasa, Vasco? Nada dijo. Apenas suspiró, dejó la bufanda sobre el cemento, y se fue. Y no volvió más.

El domingo siguiente, en el escalón de siempre, alguien dejó un termo y un chicle pegado al piso. Nadie lo tocó. Nadie preguntó. Algunos decían que se había muerto. Otros que lo vieron vendiendo diarios en Tres Cruces. Pero en el club, su nombre se convirtió en eco, en susurro, en ausencia.

Pasaron los años y cada tanto alguien preguntaba por él.

Un viejo hincha decía haberlo visto en un ómnibus rumbo a Salto. Un gurí juraba que un hombre parecido vendía loterías en la feria de Tristán Narvaja. Pero el Vasco no dejó rastros, solo la certeza de su ausencia. El fútbol siguió, como sigue todo. Jugadores que vienen y van, camisetas nuevas, un estadio renovado con plateas de plástico donde antes había hormigón desnudo. Pero en la tribuna, en el escalón de siempre, el espacio quedó vacío.

Años después, cuando por fin ascendimos, alguien colgó una bandera en la tribuna. Su cara, su bufanda, su mirada de hombre que nunca faltó. Nadie supo quién la hizo. Apareció un domingo de primavera, colgada entre dos fierros oxidados. Y debajo, una frase sola:

“El que siempre estuvo.”

Y aunque nadie lo dijera en voz alta, todos sabíamos que, de alguna forma, el Vasco también había ascendido con nosotros. Porque hay ausencias que pesan más que las presencias, y hay hinchas que no se van nunca, aunque ya no estén.